«Mamá, ¿quieres más a tu teléfono que a mí?»: cuando el móvil de los padres se interpone en la relación con sus hijos adolescentes

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Un estudio publicado en Frontiers in Psychology analiza cómo perciben los adolescentes el uso que hacen sus padres y cuidadores de los dispositivos. Sus resultados no permiten hablar de causa y efecto, pero sí invitan a mirar una escena cada vez más habitual: adultos que piden a sus hijos que suelten el móvil mientras continúan pendientes del suyo.

En muchas casas se repite una contradicción que resulta fácil reconocer. Pedimos a los adolescentes que guarden el teléfono durante la comida, que reduzcan el tiempo de pantalla o que nos miren mientras hablamos. Sin embargo, a veces somos los adultos quienes contestamos un mensaje en mitad de una conversación, revisamos una notificación mientras nos cuentan algo o permanecemos haciendo scroll desde el sofá.

La escena puede contarse con humor:

—¿Tus padres también te dicen que estás enganchado al móvil?
—Sí. Me lo dicen por WhatsApp desde el sofá de al lado.

La frase provoca una sonrisa, pero también contiene una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el adolescente siente que tiene que competir con el teléfono de sus padres para conseguir su atención?

Sobre ello hemos hablado en Más de Uno, en Onda Cero Córdoba, con el periodista Antonio David Jiménez

La conversación partió de un estudio cuyo título resulta difícil de ignorar: “Mommy, do you love your phone more than me?”: Parental device use and the adolescent-caregiver attachment bond —«Mamá, ¿quieres más a tu teléfono que a mí? Uso parental de dispositivos y vínculo de apego entre adolescentes y cuidadores»—.

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Esta vez, el foco no está en el móvil de los adolescentes

Cuando se habla de adolescencia y tecnología, la conversación suele girar alrededor de las mismas preguntas: cuántas horas pasan los jóvenes delante de una pantalla, qué hacen en las redes sociales, si duermen con el teléfono cerca o si están desarrollando un uso problemático.

Este estudio cambia la dirección de la mirada. No analiza principalmente cuánto usan el móvil los adolescentes, sino cómo viven ellos el uso que hacen sus padres y cuidadores cuando están juntos.

La investigación, publicada el 18 de junio de 2026 en Frontiers in Psychology, contó con 600 adolescentes estadounidenses de entre 12 y 17 años. Los participantes respondieron a preguntas sobre la atención y disponibilidad de su cuidador principal cuando utilizaba dispositivos, así como sobre su relación de apego con esa figura adulta.

Las situaciones planteadas no pertenecen a un mundo extraordinario. Son escenas que pueden ocurrir en cualquier familia:

  • que el adulto no preste suficiente atención porque está mirando el teléfono;
  • que continúe utilizando el dispositivo cuando el adolescente necesita hablar;
  • que parezca ausente durante una actividad importante;
  • que el uso del móvil genere enfado o discusiones;
  • o que el adolescente termine sintiéndose poco importante.

Los investigadores utilizaron una escala específica para recoger la percepción de los jóvenes sobre esas conductas. No se limitaba a preguntar cuánto tiempo empleaba el cuidador el dispositivo, sino también cómo afectaba ese uso a la relación y cómo se sentía el adolescente ante esa falta de disponibilidad.

¿Qué encontró la investigación?

El resultado principal fue claro: los adolescentes que percibían una mayor interferencia de los dispositivos en la relación con su cuidador presentaban también puntuaciones más elevadas de apego inseguro, tanto en su dimensión ansiosa como en la evitativa.

La asociación apareció respecto a las figuras maternas y también respecto a las paternas. El trabajo no se limitó, por tanto, a estudiar exclusivamente la relación con las madres. Dentro de esas categorías podían incluirse madres y padres biológicos, adoptivos o padrastros, así como abuelos y abuelas que actuaban como cuidadores principales.

El apego ansioso puede expresarse como una mayor preocupación por si la otra persona estará disponible cuando se la necesite, una búsqueda frecuente de confirmación o un temor más intenso a no recibir respuesta.

El apego evitativo se relaciona más con tomar distancia, dejar de pedir ayuda o aprender que quizá no merece la pena contar lo que sucede porque no se espera encontrar una respuesta suficientemente cercana.

Esto no significa que el adolescente deje de querer a su familia ni que exista necesariamente un trastorno. Tampoco supone que cualquier padre que mire una notificación esté alterando el apego de su hijo. Hablamos de dimensiones medidas mediante cuestionarios, no de diagnósticos clínicos.

La interpretación adecuada es mucho más prudente: cuanto mayor era la distracción parental percibida, mayor era también la inseguridad que manifestaban los adolescentes dentro de esa relación.

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Asociación no significa causalidad

Este matiz resulta fundamental.

El estudio es transversal: ofrece una fotografía de lo que los participantes respondieron en un momento concreto. Por tanto, permite observar que dos fenómenos aparecen relacionados, pero no demostrar que uno sea necesariamente la causa del otro.

No podemos afirmar, a partir de estos resultados, que el uso del móvil por parte de los padres haya provocado directamente el apego inseguro. Podría suceder que la distracción repetida contribuyera a que algunos adolescentes se sintieran menos seguros. Pero también es posible que quienes ya viven sus relaciones con mayor inseguridad sean especialmente sensibles a las distracciones y las interpreten de forma más negativa.

Además, puede haber otros elementos familiares o personales que influyan en ambas cuestiones y que no hayan sido medidos. Los datos proceden de cuestionarios cumplimentados por los propios adolescentes y la escala utilizada para valorar la interferencia de los dispositivos es relativamente nueva. Los autores consideran necesarios estudios longitudinales, observaciones directas de las interacciones y trabajos que incluyan también la perspectiva de los adultos.

Por eso, el artículo no debería utilizarse para etiquetar a nadie como «padre adicto al móvil», para diagnosticar familias desde fuera ni para generar una nueva fuente de culpa.

Su valor está en otro lugar: nos ayuda a formular preguntas que quizá no estábamos haciendo.

No solo cuánto usa el móvil nuestro hijo, sino cuánto interfiere el nuestro cuando intenta acercarse.

No solo si estamos físicamente presentes, sino si él o ella siente que estamos disponibles.

No solo cuánto tiempo permanecemos en la misma habitación, sino qué ocurre cuando intenta contarnos algo.

Tecnointerferencia y phubbing parental

La palabra tecnointerferencia describe las interrupciones que introduce la tecnología dentro de una relación. Puede tratarse de una conversación detenida por una notificación, una comida fragmentada por mensajes o una confidencia que queda en suspenso porque el adulto continúa mirando la pantalla.

El término inglés phubbing combina phone —teléfono— y snubbing —ignorar o hacer un desaire—. Cuando hablamos de phubbing parental, nos referimos a esos momentos en los que el padre, la madre o el cuidador desplaza su atención hacia el dispositivo mientras el hijo intenta relacionarse con él.

No toda utilización del móvil constituye phubbing. Tampoco se trata de exigir a los adultos una atención total durante las veinticuatro horas. Los teléfonos se utilizan para trabajar, organizar la vida familiar, consultar una cita médica, resolver una urgencia, comunicarse y descansar.

El problema puede aparecer cuando la interrupción se convierte en un patrón y coincide repetidamente con los intentos del adolescente por conectar.

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Los adolescentes no siempre anuncian que van a contar algo importante

Una de las dificultades de la comunicación durante la adolescencia es que los asuntos importantes no siempre llegan acompañados de una advertencia.

Pocas veces un adolescente se presenta diciendo: «Necesito que dejes todo porque voy a confiarte algo decisivo». Con frecuencia comienza hablando de una discusión en clase, de algo que ha sucedido en un entrenamiento, de un comentario de un amigo o de una situación aparentemente pequeña. Esto lo cuenta muy bien el psicoterapeuta Antonio Ríos en sus vídeos.

Ese primer comentario puede ser una forma de comprobar si existe espacio para continuar.

Si encuentra una mirada disponible, quizá siga hablando.

Si recibe un «sí, sí, te escucho» mientras la otra persona continúa desplazando el dedo por la pantalla, puede decidir que no es el momento. Y tal vez el momento no vuelva.

La cuestión no es que una madre o un padre tenga que abandonar inmediatamente cualquier tarea cada vez que su hijo diga una frase. La disponibilidad también puede expresarse de otra forma:

«Ahora mismo tengo que terminar esto, pero en diez minutos voy contigo y me lo cuentas».

Lo verdaderamente importante es reconocer el intento de conexión, ofrecer una respuesta concreta y cumplir después lo prometido.

Porque el adolescente puede entender perfectamente que su padre esté ocupado. Lo que resulta más difícil es comprobar una y otra vez que siempre aparece algo más urgente cuando intenta hablar.

Estar al lado no siempre significa estar disponible

Podemos compartir sofá, mesa, coche o habitación y, sin embargo, encontrarnos psicológicamente lejos.

El móvil facilita una forma particular de ausencia: el cuerpo permanece en el mismo lugar, pero la atención está en otra conversación, en otra noticia, en otro vídeo o en una sucesión interminable de contenidos.

Desde la perspectiva adulta, quizá hayan sido solo cinco minutos.

Desde la perspectiva del adolescente, puede haberse convertido en otra experiencia más de no sentirse escuchado.

Por eso su percepción importa. No porque toda interpretación adolescente sea necesariamente exacta o porque el adulto no tenga derecho a explicar lo ocurrido, sino porque cómo se siente la otra persona forma parte de la realidad de cualquier relación.

Una pregunta sencilla puede abrir una conversación que no habíamos tenido:

«¿Tú sientes que miro demasiado el móvil cuando me hablas?».

Después viene la parte más difícil: escuchar la respuesta sin interrumpir para justificarnos.

Autonomía no significa ausencia de necesidad

Durante la adolescencia aumenta la búsqueda de independencia. Los amigos adquieren un peso enorme, aparece una mayor necesidad de intimidad y el joven comienza a construir una identidad más separada de su familia.

Eso puede llevar a pensar que ya no necesita tanto a sus padres.

En realidad, necesita una presencia diferente.

No requiere la supervisión constante propia de otras edades, pero sigue necesitando saber que existe una figura adulta disponible cuando algo se complica. La autonomía se construye mejor cuando el adolescente puede alejarse sin sentir que ha perdido por completo su lugar de regreso.

Necesita comprobar que puede pedir ayuda después de una discusión, contar algo que le avergüenza, compartir una alegría o simplemente hablar de un asunto que para un adulto quizá parezca pequeño, pero que en ese momento ocupa una parte importante de su mundo.

La disponibilidad no exige resolver todos sus problemas. Muchas veces consiste solamente en mirar, escuchar y no convertir la conversación en una lección inmediata.

¿Pueden los padres seguir poniendo límites?

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Sí. La revisión del comportamiento adulto no significa que las familias deban renunciar a establecer normas sobre las pantallas.

Los adolescentes todavía están desarrollando la capacidad para autorregularse. Pueden necesitar horarios, límites nocturnos, acuerdos sobre las comidas, acompañamiento en las redes sociales y ayuda para distinguir entre un uso razonable y otro que desplaza el sueño, el estudio, el movimiento o las relaciones presenciales. Con consecuencias bien conocidas y anticipadas (en la charla hemos explicado la diferencia entre castigo y consecuencia que explica muy bien Patricia Ramírez, @patripsicologa, con la que además tenemos un vídeo en el canal)

Pero una norma resulta mucho más creíble cuando no se presenta como una obligación exclusiva del menor.

No es necesario fingir que adultos y adolescentes usan el teléfono del mismo modo. Un padre puede estar trabajando y su hijo viendo vídeos. Las funciones son distintas. Sin embargo, la experiencia de intentar hablar con alguien que no levanta la vista puede ser muy parecida.

Las reglas familiares funcionan mejor cuando incluyen algún compromiso compartido: móviles fuera de la mesa durante la comida, determinadas conversaciones sin pantallas o un periodo nocturno en el que todos dejan los dispositivos en un lugar común.

La autoridad no se pierde porque el adulto también se aplique una norma. Al contrario, la coherencia la hace más comprensible.

La reparación también educa

Ninguna familia va a hacerlo siempre bien.

Habrá mensajes urgentes, cansancio, prisas, días en los que respondamos de mala manera y ocasiones en las que descubramos demasiado tarde que no estábamos escuchando.

La respuesta útil no consiste en aspirar a una presencia perfecta, sino en aprender a reparar.

Cuando un adolescente dice «nunca me escuchas porque estás con el móvil», es fácil reaccionar a la defensiva:

«Claro que te escucho».

«Solo estaba contestando algo del trabajo».

«Tú estás mucho más tiempo con el teléfono que yo».

«Después de todo lo que hago por ti…».

Sin embargo, quizá baste con decir:

«Puede que tengas razón. Estaba distraído. Empieza otra vez».

Reconocerlo no elimina la autoridad parental. Enseña responsabilidad, muestra que los adultos también revisan su conducta y ofrece un modelo mucho más valioso que cualquier sermón sobre el uso correcto del teléfono.

Cambios pequeños que una familia puede empezar hoy

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No es necesario organizar una desintoxicación digital extrema ni convertir la casa en un lugar sin tecnología. Resulta más realista proteger algunos momentos concretos.

Puede ser una comida al día, un trayecto habitual, los primeros minutos después de llegar a casa o el momento anterior a dormir. Dos o tres espacios previsibles sin pantallas pueden tener más utilidad que una gran norma imposible de mantener.

También ayuda reducir físicamente la tentación. Silenciar las notificaciones, colocar el teléfono boca abajo o dejarlo fuera del alcance durante una conversación evita depender exclusivamente de la fuerza de voluntad.

Otro cambio consiste en explicar lo que hacemos:

«Estoy esperando una llamada importante».

«Tengo que contestar este mensaje».

«En cinco minutos termino y te escucho».

La explicación evita que el adolescente interprete automáticamente el gesto como falta de interés. Pero solo funciona cuando los cinco minutos son realmente cinco.

También podemos aprender a reconocer sus intentos de acercamiento. Una frase como «¿sabes lo que ha pasado hoy?» puede ser la entrada a una conversación que no volverá a aparecer de la misma forma.

Y, por último, conviene preguntarles directamente cómo viven nuestro comportamiento. No solo controlar su tiempo de pantalla, sino interesarnos por cuándo sienten que nuestra propia pantalla se introduce en la relación.

No se trata de culpabilizar a las familias

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Los teléfonos forman parte de la vida contemporánea. Permiten trabajar, orientarse, organizar citas, mantener relaciones, escuchar música, consultar información y descansar. Presentarlos únicamente como enemigos conduciría a una discusión poco útil.

Tampoco podemos pedir a padres y madres que estén emocionalmente disponibles en todo momento. Los adultos trabajan, se cansan, tienen problemas y necesitan espacios propios.

La cuestión es más concreta: identificar cuándo el dispositivo está ocupando repetidamente el lugar de una conversación que necesita atención.

El estudio no obliga a concluir que el móvil destruya el vínculo familiar. Sí nos recuerda que las interrupciones pequeñas, cuando se repiten y se normalizan, pueden adquirir un significado relacional.

Y, sobre todo, que la versión adulta de lo sucedido no es la única que importa.

Quizá nosotros pensamos que solo hemos mirado una notificación.

Quizá nuestro hijo ha sentido que, una vez más, tenía que esperar.

Antes de medir únicamente su tiempo de pantalla, miremos el nuestro

Durante años hemos preguntado cuánto tiempo pasan los adolescentes con el móvil. Es una pregunta necesaria, pero no suficiente.

También podemos preguntarnos:

¿Cuántas veces consultamos el teléfono mientras nos hablan?

¿En qué momentos resulta más difícil dejarlo?

¿Existen espacios familiares en los que nadie tenga que competir con una pantalla?

¿Cumplimos las mismas normas básicas que pedimos?

¿Sabría nuestro hijo cuándo puede encontrarnos realmente disponibles?

La respuesta no exige abandonar la tecnología. Exige utilizarla de manera que no convierta la convivencia en una sucesión de atenciones parciales.

«No se trata de abandonar el móvil. Se trata de que el adolescente no sienta que lo abandonamos a él cada vez que el teléfono reclama nuestra atención».

Fuente:

Grant D, Winston-Lindeboom P, Ruan-Iu L, Shackleford KE, Nosal B, Roeske M. “Mommy, do you love your phone more than me?”: Parental device use and the adolescent-caregiver attachment bond. Frontiers in Psychology. 2026;17:1766665. DOI: 10.3389/fpsyg.2026.1766665.

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