¿Y SI EL VERANO NO FUERA LA MEJOR ÉPOCA DEL AÑO PARA TODOS LOS ADOLESCENTES?

chatgpt image 10 ago 2026, 18 23 14

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Algunas consultas de este verano me han hecho acordarme de algo que escuché hace unos días a Cristina Cuadrillero, psicóloga y responsable del magnífico proyecto @miadolescenteyyo: ¿y si el verano no fuera necesariamente la mejor época del año para todos los adolescentes?

La pregunta parece extraña porque hemos construido alrededor del verano una imagen casi perfecta. Terminan las clases, desaparecen los exámenes, llegan la piscina, la playa, los viajes, las fiestas, los amigos y, en teoría, dos meses en los que todo debería ser más sencillo.

Y de esto hemos hablado hoy en Más de Uno, en @ondacerocordoba, con Fernando López, porque hay otra realidad que vemos menos y que también está ahí: para algunos chicos y chicas, las vacaciones pueden ser una época bastante más complicada de lo que imaginamos.

No estamos hablando de inventarnos una nueva enfermedad llamada “miedo al verano”, ni de convertir cualquier tarde de aburrimiento en un problema psicológico. Hablamos simplemente de entender que aquello que para un adolescente significa libertad, para otro puede significar pérdida de rutina, menos relaciones sociales, más comparación, más exposición corporal o demasiado tiempo sin saber muy bien qué hacer.

Durante el curso hay un andamiaje que muchas veces no vemos

Podemos pensar que el instituto solamente sirve para estudiar, hacer exámenes y madrugar. Pero en realidad alrededor del colegio o del instituto existe todo un pequeño ecosistema que organiza la vida adolescente.

Está la hora de levantarse, el autobús, encontrarse con los compañeros, el recreo, las clases, el entrenamiento, las actividades extraescolares, volver a casa, estudiar, cenar y saber más o menos qué toca hacer al día siguiente.

Y, sobre todo, está algo que a veces olvidamos: la relación con los iguales ocurre de manera casi automática.

Durante el curso no hace falta organizar una quedada para ver a tus amigos. Los ves porque están allí.

Con las vacaciones todo ese andamiaje desaparece de un día para otro.

Para muchos adolescentes eso es estupendo. Pueden levantarse más tarde, descansar, salir, viajar y vivir sin estar permanentemente pendientes del reloj. Pero otros se encuentran de repente con muchas horas vacías y con una vida social que ya no sucede espontáneamente.

Y no todos parten de la misma situación.

Hay adolescentes con una pandilla enorme, casa con piscina, urbanización llena de amigos, posibilidad de viajar, campamentos, cursos, actividades deportivas y familias con capacidad económica para organizar buena parte del verano.

Y hay otros que pasan gran parte de julio y agosto en casa.

Porque sus padres trabajan.

Porque sus amigos se han marchado.

Porque viven lejos unos de otros.

Porque no tienen dinero para determinados planes.

Porque no existe transporte.

O simplemente porque nadie les ha llamado.

Aquí también conviene introducir algo de realidad en ese verano maravilloso que vemos en las redes: muchas familias no pueden permitirse unas vacaciones “como Instagram manda”.

No todo el mundo está en Formentera, haciendo surf en Portugal o viajando por Japón. En muchas casas el verano consiste en seguir trabajando, soportar cuarenta grados y organizarse como se puede para que los hijos estén atendidos.

Y eso también forma parte de la adolescencia.

Estar conectado no significa necesariamente sentirse acompañado

Aquí aparece el teléfono móvil, que tiene una doble cara muy interesante.

Por una parte, es fantástico que un adolescente pueda mantener el contacto con sus amigos aunque estén lejos. Hace unas décadas, si tus amigos se marchaban durante un mes, prácticamente desaparecían. Ahora puedes hablar con ellos, jugar juntos, compartir vídeos o hacer una videollamada.

Pero el mismo teléfono que te conecta también puede enseñarte, minuto a minuto, todo aquello que los demás están haciendo sin ti.

Abres Instagram, TikTok o cualquier otra red y aparecen vacaciones espectaculares, festivales, piscinas, fiestas, playas, cenas, grupos enormes de amigos, cuerpos estupendos y gente aparentemente feliz desde que se levanta hasta que se acuesta.

Mientras tú estás sentado en el sofá de casa.

Y hay una diferencia importante entre saber que tus amigos han quedado y ver durante seis horas las fotografías, los vídeos y las historias de esa quedada a la que tú no has ido.

A los adultos también nos afecta compararnos. Imaginemos hacerlo con 14, 15 o 16 años, en una etapa en la que pertenecer al grupo tiene una importancia enorme.

Además, las redes tienen una pequeña trampa: vemos mucho más los buenos momentos de los demás que los malos.

Nadie suele subir la discusión familiar de camino a la playa.

Ni las tres horas de atasco.

Ni la tarde entera aburrido en el apartamento.

Ni el día en el que nadie sabía qué hacer.

Ni la fotografía número 47 que hubo que hacer antes de conseguir la que finalmente se publicó.

Por eso quizá deberíamos preguntar menos “¿cuántas horas has utilizado hoy el móvil?” y alguna vez preguntar también:

“¿Cómo te has sentido después de estar viendo todo eso?”

Porque la cuestión no es únicamente cuánto tiempo pasan conectados. También importa qué están viendo, qué están haciendo y qué efecto tiene sobre ellos.

El verano también pone el cuerpo mucho más en primer plano

Hay otra cuestión especialmente importante durante estas edades: la imagen corporal.

En invierno uno puede refugiarse detrás de una sudadera enorme. En verano aparecen el bañador, el bikini, los pantalones cortos, las camisetas, la piscina y la playa.

Y el cuerpo adolescente está precisamente en plena transformación.

Hay quien ha crecido muchísimo en pocos meses. Otros todavía no han pegado el estirón. Aparece el acné, cambia el pecho, cambia la cadera, aparece el vello, cambia la musculatura, aumenta o disminuye el peso, aparecen estrías…

Y cada adolescente va a una velocidad distinta.

El problema es que además están comparando ese cuerpo real, cambiante y perfectamente normal con cuerpos seleccionados, entrenados, colocados, iluminados, filtrados y muchas veces retocados que ven continuamente en sus pantallas.

Por eso creo que en casa deberíamos hablar bastante menos del cuerpo de los demás.

No solamente del cuerpo de nuestros hijos.

También de la chica que pasa por la playa.

Del vecino que ha engordado.

Del futbolista que está “gordo”.

De la presentadora que está “demasiado delgada”.

De la persona que “no debería ponerse ese bañador”.

Porque cuando un adolescente escucha continuamente que los adultos evaluamos los cuerpos ajenos, aprende una cosa bastante sencilla: los cuerpos se examinan.

Y, por tanto, probablemente también estén examinando el suyo.

No necesitamos convencer a un adolescente de que su cuerpo es maravilloso cada mañana delante del espejo. Necesitamos algo bastante más sencillo: que entienda que su cuerpo no tiene que cumplir un determinado estándar para poder bañarse, ponerse un pantalón corto, ir a la playa o disfrutar del verano.

Y luego están los horarios

El verano adolescente tiene otra característica maravillosa: la capacidad de desplazar el reloj hasta que uno deja de saber si está desayunando o merendando.

Se acuestan tardísimo.

Se levantan a mediodía.

Comen a cualquier hora.

Las pantallas ocupan más espacio.

Y algunos días pasan prácticamente sin salir de casa.

Aquí tampoco creo que haya que convertir julio y agosto en una prolongación del curso escolar. Aburrirse no es una enfermedad. Tener tiempo libre también es necesario. Dormir algo más, no tener todos los minutos programados y disponer de días en los que no sucede gran cosa forma parte de unas vacaciones normales.

Pero una cosa es flexibilizar los horarios y otra muy distinta perder completamente cualquier estructura durante dos meses.

Puede ser útil conservar algunas pequeñas anclas: levantarse dentro de una franja razonable, salir de casa, moverse algo cada día, mantener contacto presencial con otras personas cuando sea posible y tener alguna pequeña responsabilidad dentro de casa.

No necesitamos cuarenta normas.

Tampoco hace falta despertarlos a las siete de la mañana para “que aprovechen el día”.

Pero pasar semanas enteras acostándose a las cuatro, levantándose a las dos, comiendo delante de una pantalla y sin apenas salir tampoco parece el mejor plan.

La estructura no tiene por qué significar rigidez.

¿Y qué pasa cuando nos vamos de vacaciones en familia?

Aquí aparece otro clásico.

Los padres han reservado el hotel durante meses, han buscado vuelos, restaurantes y excursiones y han hecho un esfuerzo económico importante.

Llegamos finalmente al destino soñado.

Y nuestro adolescente lleva una cara que parece que lo hemos deportado.

Hace unos años bastaba con estar con nosotros. Para un niño pequeño, viajar con sus padres podía ser en sí mismo el plan.

En la adolescencia las cosas cambian.

Sus amigos ocupan un lugar muchísimo más importante. Necesitan autonomía. Necesitan ratos solos. Necesitan hablar con su grupo. Y probablemente tengan bastante menos interés que nosotros en contemplar la iglesia románica que llevamos tres meses deseando visitar.

Eso no significa que no quieran a su familia.

Ni que sean unos desagradecidos.

Ni que el viaje haya sido un fracaso.

Simplemente tenemos delante a un adolescente.

Podemos intentar incluirlo en algunas decisiones, dejar que elija algún plan, alternar momentos familiares con otros en los que pueda estar a su aire y aceptar que no tiene que demostrar entusiasmo permanentemente para justificar el dinero que ha costado el viaje.

Repetir veinte veces “con lo que nos hemos gastado en estas vacaciones…” probablemente no vaya a conseguir que las disfrute más.

Tampoco tenemos que convertir cualquier aburrimiento en un problema

Todo esto necesita también sentido común.

Un adolescente puede estar tres días tirado en el sofá y estar perfectamente.

Puede discutir con sus padres.

Puede decir que se aburre.

Puede pasarse una tarde encerrado en su habitación.

Puede estar harto de sus hermanos.

Puede preferir quedarse en casa mientras nosotros queremos ir a visitar un pueblo precioso.

Todo eso puede formar parte de una adolescencia absolutamente normal.

La cuestión está en observar cómo está ese adolescente en conjunto.

Si sigue disfrutando de algunas cosas.

Si mantiene relaciones.

Si sale alguna vez.

Si se ríe.

Si come y duerme razonablemente.

Si podemos hablar con él.

Y, sobre todo, si vemos que existe un cambio importante respecto a cómo era anteriormente.

Porque otra cosa es que durante semanas aparezca tristeza o irritabilidad prácticamente todos los días, que deje de interesarse por cosas que antes disfrutaba, que se aísle cada vez más, que cambien mucho el sueño o la alimentación, que abandone completamente a sus amigos o que aparezcan comentarios de desesperanza, consumo de sustancias o conductas de riesgo.

Ahí ya no estamos hablando simplemente de un adolescente aburrido durante las vacaciones.

Quizá tengamos que preguntar de otra manera

A veces queremos saber cómo están y empezamos un interrogatorio:

—¿Qué te pasa?
—Nada.
—¿Seguro?
—Sí.
—Pues llevas tres días con una cara…
—Que no me pasa nada.
—¿Es por tus amigos?
—No.
—¿Por fulanito?
—¡Que no!

Fin de la conversación.

Muchas veces funcionan mejor los momentos en los que no estamos sentados frente a frente esperando una confesión solemne.

El coche.

Un paseo.

Hacer algo juntos.

Preparar la cena.

Y una pregunta bastante sencilla:

“¿Qué tal estás llevando el verano?”

O incluso:

“¿Hay algo del verano que se te esté haciendo pesado?”

Y después escuchar.

No hace falta responder inmediatamente con una solución, contarles cómo solucionábamos nosotros las cosas en 1994 ni recordarles que tienen una vida estupenda.

Tener una vida estupenda no inmuniza frente a sentirse solo.

Estar de vacaciones no obliga a estar contento.

Y tener una familia que te quiere no significa que en determinados momentos no puedas echar muchísimo de menos a tus amigos.

No todos viven el verano de la misma manera

El verano puede ser maravilloso.

Puede significar libertad, amigos, viajes, playa, deporte, dormir más, enamorarse, descubrir cosas nuevas y tener experiencias que se recordarán durante años.

Pero no tiene que serlo obligatoriamente.

Para algunos adolescentes también significa perder durante dos meses la estructura cotidiana, ver menos a sus amigos, compararse más con los demás, sentirse más expuestos físicamente o encontrarse con demasiado tiempo libre y pocas posibilidades reales de llenarlo.

Por eso quizá lo importante sea no dar por hecho que sabemos cómo lo están viviendo.

Mantener ciertas rutinas sin convertir las vacaciones en un cuartel.

Facilitar, cuando sea posible, que continúen relacionándose con sus iguales.

No convertir el cuerpo en tema permanente de conversación.

Aceptar que un viaje familiar no se disfruta a los 15 años exactamente igual que a los 8.

Y abrir espacios en los que puedan decir que algo no va bien sin que nuestra primera respuesta sea recordarles lo afortunados que son.

No todos los adolescentes cuentan los días para que llegue el verano. Algunos, por diferentes motivos, también pueden estar deseando recuperar en septiembre sus horarios, sus compañeros, sus actividades y esa pequeña estructura cotidiana que les ayuda a situarse.

Entender que esto puede ocurrir no significa dramatizar el verano.

Significa conocer un poco mejor cómo funciona la adolescencia.

Cuentas con info que te pueden ayudar:

https://www.instagram.com/miadolescenteyyo

https://www.instagram.com/adolescencia.sara.desiree.ruiz

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