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Cuando un adolescente no sabe decir que sufre: autolesiones, ideación suicida y salud emocional
Hablar de adolescencia es hablar de una etapa apasionante, pero también compleja. Una etapa llena de cambios, contradicciones, intensidad emocional, búsqueda de identidad y necesidad de pertenecer. Muchas veces, desde el mundo adulto, observamos conductas que nos preocupan: aislamiento, irritabilidad, silencios, bajada en los estudios, discusiones, cambios de humor, rechazo a la familia o explosiones emocionales que parecen desproporcionadas.
Pero una de las ideas más importantes que abordamos en esta entrevista es que, muchas veces, los síntomas no nos dejan ver el sufrimiento. Nos quedamos en lo que se ve, en la conducta que incomoda o asusta, y no siempre somos capaces de preguntarnos qué hay detrás. ¿Qué está intentando expresar ese adolescente? ¿Qué dolor no sabe nombrar? ¿Qué emoción le está desbordando?
En este programa hablamos con Inmaculada Carranza, psicóloga clínica de la Unidad de Gestión Clínica de Salud Mental del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba, y su hijo Guillermo García, psicólogo especializado también en adolescentes y en la Terapia de Aceptación y Compromiso, sobre malestar emocional, autolesiones e ideación suicida. Un tema difícil, sí, pero necesario. Porque hablar de ello no empeora el problema. Al contrario: puede abrir una puerta a la ayuda, a la comprensión y al acompañamiento.
La adolescencia: una etapa de cambios intensos
La adolescencia no es simplemente “una edad difícil”. Es una etapa de transformación profunda. El cerebro adolescente está en pleno proceso de maduración. Hay cambios cerebrales, hormonales, sexuales y sociales que influyen directamente en la manera de sentir, reaccionar, decidir y relacionarse.
Durante estos años, el sistema emocional está muy activado. Las emociones pueden sentirse con una intensidad enorme. A la vez, la parte del cerebro relacionada con la reflexión, la planificación y la regulación todavía está desarrollándose. Por eso, muchos adolescentes pueden mostrarse impulsivos, impacientes, contradictorios o poco conscientes de los riesgos.
Esto no significa justificar cualquier conducta, pero sí comprender mejor desde dónde ocurre. Un adolescente no siempre tiene las herramientas para explicar lo que siente. A veces no dice “estoy triste”, sino que se encierra. No dice “tengo miedo”, sino que se enfada. No dice “me siento solo”, sino que se muestra desafiante. No dice “no puedo más”, sino que deja de hablar.
Para las familias, esta etapa puede resultar desconcertante. El niño o la niña que antes contaba todo, de pronto se distancia. Busca más a sus iguales, se opone a los padres, necesita privacidad y empieza a construir una identidad propia. Esto forma parte del proceso de separación y crecimiento, pero también exige adultos disponibles, firmes y sensibles.
Redes sociales, comparación y presión por ser feliz
Los adolescentes actuales crecen en un contexto muy particular. Nunca han estado tan conectados y, al mismo tiempo, muchos se sienten profundamente solos. Las redes sociales pueden ser una herramienta de comunicación, creatividad y pertenencia, pero también pueden convertirse en un espacio de comparación constante.
En redes se construye una imagen. Se muestra lo bonito, lo exitoso, lo divertido, lo aparentemente perfecto. Muchos adolescentes aprenden a presentarse ante los demás de una manera cuidadosamente preparada, aunque parezca espontánea. Esto puede generar una gran dependencia del reconocimiento externo: los likes, los comentarios, la aprobación del grupo, la sensación de ser visto.
El problema aparece cuando la autoestima empieza a depender de esa mirada externa. Cuando el adolescente siente que vale más o menos según la reacción de los demás. Cuando compara su cuerpo, su vida, su popularidad o sus logros con imágenes irreales o incompletas.
También vivimos en una cultura que transmite la idea de que hay que ser feliz todo el tiempo. Como si estar triste, frustrado, confundido o perdido fuera un fracaso. Pero la vida no es una sucesión permanente de bienestar. La tristeza, la frustración, el miedo o la incertidumbre forman parte de la experiencia humana. Enseñar a los adolescentes a atravesar emociones difíciles es mucho más sano que exigirles estar bien siempre.
Autolesiones: qué son y qué significan
Uno de los temas centrales de la entrevista es la autolesión. Para muchas familias, descubrir que un hijo o una hija se ha hecho daño es una experiencia profundamente angustiante. Aparecen el miedo, la culpa, la rabia, la incomprensión y una pregunta inmediata: “¿Por qué?”
La autolesión consiste en hacerse daño de forma deliberada para aliviar algún tipo de angustia emocional. Es importante entender que no siempre implica deseo de morir. En muchos casos, el adolescente no busca acabar con su vida, sino calmar un dolor emocional que no sabe manejar de otra manera.
Puede parecer contradictorio, pero para algunos adolescentes el dolor físico funciona como una forma de regular el dolor interno. Les ayuda a descargar tensión, a sentir control, a expresar algo que no pueden decir con palabras o a sentir algo cuando se sienten vacíos.
Esto no significa que haya que normalizarlo ni quitarle importancia. Una autolesión siempre es una señal de alarma. Siempre nos está diciendo que algo ocurre y que ese adolescente necesita ayuda. Pero la respuesta adulta debe ser cuidadosa. No ayuda gritar, castigar, humillar, amenazar o convertirlo en un interrogatorio. La reacción inicial puede marcar la diferencia entre que el adolescente se cierre más o pueda empezar a hablar.
Una frase útil podría ser: “He visto esto y me preocupa. No quiero juzgarte. Quiero entender qué te está pasando y ayudarte”.
No es “llamar la atención”: es pedir ayuda como se puede
Una de las frases más dañinas que se pueden decir ante una autolesión es: “Lo hace para llamar la atención”. Incluso si hubiera una búsqueda de atención, tendríamos que preguntarnos qué tipo de atención está necesitando ese adolescente y por qué no ha encontrado otra manera de pedirla.
Las autolesiones pueden cumplir distintas funciones. Pueden ser una forma de expresar malestar, de aliviar tensión, de castigarse, de afrontar sentimientos de vacío, de buscar comprensión, de sentirse parte de un grupo o incluso de imitar una conducta vista en otros. Pero ninguna de estas funciones debe llevarnos a minimizar el sufrimiento.
Cuando un adolescente se hace daño, no necesita una etiqueta. Necesita una mirada que pregunte: “¿Qué te está pasando?” “¿Qué dolor hay detrás?” “¿Cómo podemos ayudarte a encontrar otra forma de sostener lo que sientes?”
Señales de alarma que las familias deben observar
No siempre es fácil detectar que un adolescente se autolesiona. Muchos lo ocultan por vergüenza, miedo o culpa. Sin embargo, hay señales que pueden alertar a las familias y educadores.
Algunas de ellas son heridas, cortes, quemaduras o cicatrices frecuentes que no tienen una explicación clara. También puede llamar la atención que lleve ropa que cubra todo el cuerpo incluso cuando hace calor, que evite actividades como piscina, educación física o situaciones en las que tenga que cambiarse de ropa.
Otras señales pueden ser el uso habitual de vendas, manchas de sangre o desinfectante, pasar mucho tiempo en el baño, necesitar una privacidad extrema, esconder objetos cortantes o sufrir “accidentes” con demasiada frecuencia.
Estas señales no deben llevarnos al pánico, pero sí a la atención. Es importante acercarse sin acusar. El objetivo no es pillar al adolescente, sino abrir un espacio seguro para hablar.
Ideación suicida: preguntar no da ideas
Otro tema fundamental de la entrevista es la ideación suicida. Muchas familias tienen miedo de preguntar directamente por el suicidio. Temen que, al nombrarlo, puedan dar ideas. Sin embargo, este es uno de los grandes mitos.
Preguntar no provoca el suicidio. Preguntar puede aliviar. Si un adolescente está pensando en morir, poder decirlo en voz alta ante un adulto que no se asusta, no juzga y no castiga puede ser un primer paso para pedir ayuda.
Algunas preguntas posibles son:
“¿Has sentido que la vida no merece la pena?”
“¿Has deseado dormir y no despertar?”
“¿Has pensado en hacerte daño?”
“¿Has pensado en quitarte la vida?”
“¿Has llegado a pensar cómo lo harías?”
Son preguntas difíciles, pero necesarias. Lo importante es hacerlas con calma, con presencia y con amor. No desde el interrogatorio, sino desde la preocupación genuina.
Si el adolescente expresa deseos de morir, tiene un plan, ha pensado cómo hacerlo, ha realizado una tentativa o la familia siente que no puede garantizar su seguridad, hay que pedir ayuda urgente. En esos casos, no conviene esperar. Es necesario acudir a urgencias, llamar a emergencias o contactar con profesionales especializados.
Qué no decir ante un adolescente que sufre
Cuando un adolescente dice “no quiero vivir”, “no puedo más” o “me quiero morir”, la reacción adulta es clave. A veces, por miedo, los adultos responden con frases que, aunque no nacen de la mala intención, pueden aumentar la culpa y el aislamiento.
Conviene evitar expresiones como:
“Eso son tonterías.”
“Tienes de todo, no sé de qué te quejas.”
“No digas esas cosas.”
“Lo haces para manipular.”
“Me estás destrozando la vida.”
“Hay gente que está mucho peor que tú.”
Estas frases cierran la comunicación. El adolescente puede sentir que su dolor no tiene lugar, que molesta, que exagera o que es una carga.
En cambio, podemos decir:
“Siento mucho que estés sufriendo así.”
“Gracias por contármelo.”
“No voy a dejarte solo con esto.”
“No tienes que poder con todo tú solo.”
“Vamos a buscar ayuda juntos.”
“Tu dolor importa.”
Validar no significa estar de acuerdo con todo. Validar significa reconocer que lo que la persona siente es real para ella. Podemos validar la emoción y, al mismo tiempo, poner límites a una conducta peligrosa. Por ejemplo: “Entiendo que estabas desbordado y querías aliviarte, pero hacerte daño no es seguro. Vamos a buscar otra forma de ayudarte”.
El papel de la familia: escuchar, validar y acompañar
Las familias no tienen que ser perfectas. Ningún padre ni madre sabe siempre qué hacer. Pero sí pueden aprender a acompañar mejor. Y acompañar empieza por escuchar.
Escuchar no es interrumpir. No es dar una solución inmediata. No es convertir cada conversación en una charla moral. Escuchar es sostener un momento incómodo sin salir corriendo hacia el juicio o el castigo.
Un adolescente necesita sentir que puede hablar sin que todo lo que diga sea usado en su contra. Necesita una “audiencia no punitiva”: un adulto que no castigue sus emociones, que no ridiculice su historia y que no reduzca su sufrimiento a una exageración.
Esto no significa ausencia de límites. Los adolescentes necesitan límites. Pero los límites deben ir acompañados de vínculo. Un límite sin vínculo puede vivirse como control. Un vínculo sin límites puede dejar al adolescente sin estructura. La clave está en unir firmeza y ternura.
El contexto también importa
El sufrimiento adolescente no se puede entender únicamente como un problema individual. Hay que mirar el contexto. Las agresiones sexuales (muchas dentro de los hogares como nos recuerda Inmaculada), el bullying, el rechazo social, la discriminación, los conflictos familiares, las rupturas, el maltrato, el abuso, la presión académica, el perfeccionismo excesivo o el aislamiento pueden influir profundamente en la salud mental.
A veces se mira al adolescente como “el problema”, cuando en realidad es quien está expresando el dolor de un sistema, de una historia o de un entorno que no está funcionando. Por eso, la intervención no debe centrarse solo en el menor, sino también en la familia, el centro educativo y el contexto social.
Cuando hay acoso escolar, por ejemplo, no basta con decirle al adolescente que sea fuerte. Hay que actuar. Hay que proteger. Hay que coordinarse con el centro escolar. Hay que tomar en serio lo que está viviendo.
El papel de los profesionales
Pedir ayuda profesional no significa que la familia haya fracasado. Significa que se está tomando en serio el sufrimiento. Un psicólogo puede ayudar al adolescente a entender lo que siente, encontrar formas más seguras de regularse, expresar su malestar y reconstruir recursos internos.
También puede orientar a la familia, porque muchas veces los padres quieren ayudar, pero no saben cómo. Y eso también necesita acompañamiento.
Conviene consultar cuando el malestar se mantiene en el tiempo, cuando hay autolesiones, ideas de muerte, ansiedad intensa, tristeza persistente, aislamiento, cambios bruscos de conducta, problemas de alimentación, consumo de sustancias, conflictos graves o sensación de desbordamiento familiar.
No hay que esperar a que todo explote para pedir ayuda.
Un mensaje para los adolescentes
Si eres adolescente y estás leyendo esto, queremos decirte algo importante: no eres una carga. No eres raro. No estás solo. Lo que sientes merece ser escuchado, aunque no sepas explicarlo bien.
No tienes que tener las palabras perfectas para pedir ayuda. Puedes empezar diciendo: “No estoy bien”. Eso ya es suficiente.
Busca a un adulto seguro: tu madre, tu padre, un profesor, una orientadora, un familiar, tu médico, un psicólogo. Y si sientes que puedes hacerte daño o que no puedes mantenerte a salvo, pide ayuda inmediata. Tu vida importa, incluso si ahora mismo te cuesta verlo.
Un mensaje para las familias
Si eres madre, padre o educador, recuerda: detrás de una conducta difícil puede haber un adolescente sufriendo. Antes de preguntar “¿por qué haces esto?”, quizá necesitamos preguntar “¿qué te está pasando?” Antes de castigar, escuchar. Antes de juzgar, acercarnos.
La adolescencia no es solo una etapa de riesgo. También es una etapa de oportunidad. Una etapa en la que una buena conversación, una mirada comprensiva, una intervención a tiempo o un adulto disponible pueden marcar una enorme diferencia.
Hablar de autolesiones e ideación suicida no es fácil, pero el silencio no protege. La escucha, la información y el acompañamiento sí pueden hacerlo.
Si tú o alguien cercano está en riesgo inmediato, acude a urgencias o llama a emergencias de tu país. No te quedes solo o sola con ese sufrimiento.
Para más información o acompañamiento profesional, puedes contactar con Guillermo:
Instagram: @guillermo_psicologia
Teléfono: +34 667 99 43 58
Web: www.guillermopsicología.com
Fundación ANAR: https://www.anar.org/
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