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Hay una frase que se repite en muchas casas:
«Ahora se ha obsesionado con crear una marca de camisetas. Ya verás cómo dentro de dos semanas se le ha pasado».
Hoy quiere diseñar ropa. Hace un mes quería aprender a tocar la guitarra. Antes de eso empezó a editar vídeos, pidió unas pesas, se interesó por la fotografía o anunció que iba a estudiar japonés. Durante unos días busca información, habla constantemente del tema, hace planes enormes y parece convencido de que acaba de encontrar aquello a lo que dedicará su vida.
Y, de pronto, deja de mencionarlo.
En casa queda una especie de pequeño museo de la motivación adolescente: una guitarra con tres acordes aprendidos, un cuaderno de japonés con las primeras cinco páginas escritas, unas mancuernas debajo de la cama y el borrador de una marca de ropa que nunca llegó a imprimir su primera camiseta.
Es comprensible que las familias se desesperen. Cuesta dinero, ocupa espacio y, sobre todo, produce la sensación de que nunca terminan nada. Pero antes de concluir que nuestro hijo es inconstante, caprichoso o incapaz de esforzarse, quizá convenga mirar ese comportamiento desde otro lugar.
De todo ello hablamos recientemente en Más de Uno, en Onda Cero Córdoba, con Antonio David Jiménez y el psicólogo Guillermo García. La pregunta no era cómo conseguir que cada afición dure varios años, sino algo más interesante: qué están buscando los adolescentes cuando se entregan con tanta intensidad a un nuevo interés y cómo podemos acompañarlos sin apagar su entusiasmo ni terminar viviendo nosotros su proyecto.
La adolescencia es también una etapa de ensayo
Un adolescente no puede saber si le gusta diseñar ropa sin diseñar algo. Tampoco puede descubrir si disfruta tocando un instrumento, haciendo fotografía, programando un videojuego o entrenando en un gimnasio limitándose a pensar sobre ello.
Tiene que probar.
Durante la infancia, buena parte de la curiosidad está acompañada por los adultos. Somos nosotros quienes señalamos, preguntamos, proponemos actividades o los llevamos a una clase. En la adolescencia, esa exploración empieza a ser más autónoma. Ya no quieren interesarse solamente por lo que nosotros les proponemos. Necesitan elegir, descubrir y, en ocasiones, equivocarse por su cuenta.
Por eso la adolescencia puede entenderse como una especie de laboratorio de identidad. Prueban estilos, amistades, aficiones, deportes, opiniones y posibles formas de ser. Hoy ensayan el papel de músico; mañana, el de deportista; pasado mañana, el de emprendedor.
Los adultos podemos verlo como una sucesión de abandonos. Ellos, en cambio, pueden estar haciendo un casting de posibles versiones de sí mismos.
Naturalmente, no todos esos intereses van a permanecer. Algunos durarán años. Otros, unos meses. Y algunos apenas sobrevivirán al primer fin de semana. Pero la duración no es el único criterio para decidir si una experiencia ha servido.
Quizá la marca de camisetas no llegue a existir, pero durante esas dos semanas ha buscado programas de diseño, comparado precios, pensado un nombre, pedido opiniones, aprendido que imprimir pocas unidades es bastante caro y descubierto que le gusta crear imágenes, aunque no le interese venderlas.
Puede que no haya nacido una empresa. Pero sí ha aparecido información importante sobre él mismo.
El primer día todo es posible
Las ideas nuevas tienen una ventaja: todavía no han tropezado con la realidad.
El primer día de un proyecto es magnífico. El adolescente ya imagina el nombre de la marca, el logotipo, el número de seguidores y, con un poco de entusiasmo, hasta el documental que algún día contará cómo empezó todo desde su dormitorio.
La dificultad aparece después.
Hay que aprender a utilizar un programa, corregir un diseño que no queda bien, calcular costes, hablar con proveedores, esperar una respuesta y descubrir que fabricar diez camisetas cuesta bastante más de lo que parecía en el vídeo que vio en redes sociales.
La novedad ofrece una recompensa rápida. La segunda parte del proyecto exige algo menos vistoso: organización, paciencia, repetición y tolerancia a la frustración.
Muchas veces no abandonan porque sean vagos ni porque carezcan por completo de interés. Abandonan cuando la actividad deja de ser una idea emocionante y empieza a parecerse a un trabajo.
Y, siendo sinceros, esto tampoco es exclusivamente adolescente. En muchas casas, junto a la guitarra del hijo, hay una bicicleta estática de los padres que lleva años desempeñando con enorme eficacia la función de perchero. La diferencia es que los adultos solemos decir que no tenemos tiempo, mientras que a ellos les explicamos que carecen de constancia.
No todo se explica diciendo «es la dopamina»
Es frecuente escuchar que los adolescentes buscan emociones porque su cerebro «quiere dopamina», que la amígdala manda demasiado o que la corteza prefrontal todavía no sabe frenar.
Estas explicaciones contienen una parte de verdad, pero se quedan pequeñas y, a veces, presentan la adolescencia como una avería cerebral que hay que soportar hasta que se repare.
Durante esta etapa existe una especial sensibilidad hacia la novedad, la recompensa, la emoción y la opinión de los demás. Al mismo tiempo, continúan desarrollándose la planificación a largo plazo, la capacidad de esperar y la regulación de la conducta en situaciones intensas. Pero no estamos ante un cerebro incapaz de pensar.
Un adolescente puede razonar, anticipar consecuencias y tomar decisiones sensatas. Lo que sucede es que el contexto pesa mucho. No decide igual sentado tranquilamente en casa que entusiasmado ante una nueva idea, rodeado de amigos o imaginando una recompensa inmediata.
Y esa sensibilidad hacia lo nuevo no es solamente una fuente de riesgos. También alimenta la curiosidad, la iniciativa, el aprendizaje y la capacidad para intentar cosas que muchos adultos descartaríamos después de haber enumerado veinte posibles problemas.
El adolescente suele aportar el:
«¿Y por qué no?».
El adulto puede añadir:
«Vamos a pensar cómo podrías probarlo».
La osadía sin conocimiento puede quedarse en una ocurrencia. Pero el conocimiento sin osadía también puede llevarnos a repetir siempre lo que ya existe. Cuando conseguimos juntar la capacidad adolescente para imaginar posibilidades con conocimiento, método y paciencia, puede aparecer algo verdaderamente creativo.
No se trata de frenar toda esa energía, sino de ayudar a darle dirección.
¿Le gusta diseñar o le gusta imaginarse como diseñador?
No podemos valorar un interés únicamente por la intensidad de los primeros días. Casi todo el mundo parece muy motivado cuando una idea acaba de aparecer.
El interés se conoce mejor cuando llega la trastienda.
Una pregunta útil sería:
«¿Te gusta realmente diseñar camisetas o te gusta imaginarte siendo la persona que tiene una marca de camisetas?».
No es una pregunta para burlarse. Hay una diferencia importante entre disfrutar del proceso y sentirse atraído solamente por el resultado.
Puede gustarle crear, dibujar, aprender, construir o resolver problemas. También puede atraerle la idea de ganar dinero, conseguir seguidores o recibir reconocimiento. Estas motivaciones pueden convivir, pero si todo depende de una recompensa rápida, es más probable que el proyecto se desinfle cuando llegue la parte monótona.
Podemos observar si busca información por iniciativa propia, si intenta aprender antes de pedir materiales, si acepta comenzar por algo pequeño y si continúa cuando la actividad deja de ser completamente divertida.
También conviene mirar si existe un hilo común entre distintas aficiones. Quizá pasa de la fotografía a la edición de vídeos y después al diseño de camisetas. Desde fuera parecen tres proyectos inconexos. Sin embargo, puede que en todos ellos haya una misma motivación: crear imágenes, contar historias o comunicar algo visualmente.
Más que preguntarnos cuánto le ha durado cada actividad, podemos preguntarnos:
«¿Qué encontraba ahí que le interesaba?».
A veces cambia el formato, pero permanece el interés profundo.
Dos formas de estropear una buena idea
Cuando un adolescente anuncia que quiere crear una marca de camisetas, los padres podemos caer en dos extremos.
El primero consiste en desmontar el proyecto antes de que empiece:
«Tú no tienes ni idea».
«Eso te va a durar dos días».
«Siempre estás igual».
«Déjate de tonterías y céntrate en estudiar».
Tal vez evitemos que gaste dinero en camisetas, pero también podemos conseguir que deje de contarnos sus ideas. Y dentro de unos años quizá nos preguntemos por qué ya no comparte nada con nosotros.
El otro extremo consiste en entusiasmarse más que él.
El sábado, durante la comida, el adolescente comenta que ha pensado crear una marca. El domingo el padre ya ha registrado un dominio, ha llamado a dos imprentas, preparado una hoja de cálculo y encargado un logotipo a un primo.
A veces, al adolescente el proyecto le dura dos semanas y al padre seis meses.
En ese momento deja de ser su iniciativa. Ya no sabemos si continúa porque le interesa o porque toda la familia se ha convertido en el consejo de administración de Camisetas García, Sociedad Limitada.
Acompañar no significa ridiculizar, pero tampoco apropiarse del proyecto.
Una respuesta más útil podría ser:
«La idea es interesante. Cuéntame cómo la has pensado».
«¿Qué necesitarías aprender?».
«¿Cuál sería el primer paso?».
«¿Cómo podrías probarlo sin gastar demasiado dinero?».
La pregunta cambia por completo la conversación. Ya no discutimos sobre si la idea triunfará o fracasará. Lo ayudamos a convertir una fantasía general en un pequeño experimento.
Antes de fabricar cien camisetas, hagamos una
Una buena forma de acompañar estos intereses consiste en reducir el tamaño del primer paso.
No hace falta elegir entre prohibir el proyecto o financiar una colección completa. Puede diseñar tres modelos, investigar cuánto cuesta imprimir una única camiseta, utilizar inicialmente programas gratuitos, fijar un presupuesto máximo y enseñar los diseños a varias personas.
Eso sí: preguntar a la madre, los abuelos y tres tíos no constituye todavía un estudio de mercado. Puede demostrar que tiene una familia cariñosa, pero no necesariamente que exista una clientela.
Probar a pequeña escala permite que el adolescente aprenda sin que un error tenga consecuencias importantes. Puede comprobar si le gusta el proceso, si mantiene el interés y qué dificultades no había previsto.
También es razonable que una parte del esfuerzo recaiga sobre él. Puede utilizar una cantidad limitada de sus ahorros, comparar proveedores, preparar los diseños o encargarse de solicitar información. Cuando los adultos pagan, organizan, llaman y resuelven todos los problemas, resulta imposible saber cuánto interés real había.
El apoyo familiar debería parecerse más a una barandilla que a una escalera mecánica.
La motivación no consiste en estar siempre motivado
Nadie permanece permanentemente ilusionado con un proyecto. Tampoco los adultos.
Al principio aparece la emoción. Después llegan la rutina, los errores, las tareas aburridas y los días en los que apetecería hacer cualquier otra cosa. En ese momento, la motivación necesita apoyarse en algo más estable: hábitos, planificación y pasos concretos.
«Crear una marca de camisetas» es una meta demasiado grande. No queda claro por dónde empezar y resulta fácil aplazarla.
En cambio:
«El sábado voy a dedicar media hora al primer diseño».
Eso sí puede hacerse.
En muchas casas, la palabra «luego» ocupa una franja horaria misteriosa que no aparece en ningún calendario:
—¿Cuándo vas a seguir con el proyecto?
—Luego.
—¿Después de merendar?
—No, el otro luego.
Ayudar a concretar no significa organizarle la vida entera. Basta con convertir una intención vaga en una acción pequeña y situada en el tiempo.
Dos preguntas pueden ser especialmente útiles:
«¿Cuál es el siguiente paso que puedes hacer tú solo?».
Y:
«¿Qué ayuda necesitas exactamente de nosotros?».
La primera le devuelve la responsabilidad. La segunda evita que «ayúdame» termine significando «hazlo tú mientras yo miro».
Dejar que se equivoque, sin esperar el momento de decir «te lo advertí»
Puede elegir un nombre poco acertado, hacer un diseño que no guste o gastar una pequeña cantidad de dinero de manera poco útil. Siempre que el riesgo sea limitado y seguro, estos errores forman parte del aprendizaje.
A veces los adultos evitamos cualquier tropiezo porque ya sabemos cómo terminará. Pero saberlo nosotros no significa que él haya tenido la experiencia necesaria para comprenderlo.
Equivocarse con una camiseta y veinte euros puede enseñar bastante sobre costes, expectativas y planificación. Es un error pequeño y asumible.
Lo que conviene evitar es rescatarlo inmediatamente de cada dificultad o utilizar el fracaso para demostrar nuestra superioridad:
«¿Ves? Ya te lo advertí».
Tener razón puede resultar muy satisfactorio durante unos segundos, pero no siempre es educativo. Si cada intento termina en una humillación, la próxima vez probablemente no dejará de tener ideas. Simplemente dejará de contárnoslas.
Podemos ayudarle a revisar lo ocurrido:
«¿Qué ha funcionado?».
«¿Qué harías de otra manera?».
«¿Quieres seguir, modificarlo o dejarlo?».
Terminar un proyecto puede ser una buena decisión. Pero abandonarlo también puede serlo si se hace después de haber probado, aprendido y valorado la experiencia.
La constancia no consiste en continuar indefinidamente con cualquier cosa que empezamos.
¿Cuándo deja de ser entusiasmo y empieza a preocuparnos?
Utilizamos con demasiada facilidad la palabra «obsesión».
Que un adolescente lleve varios días hablando de un proyecto, dedique muchas horas o se muestre especialmente entusiasmado no significa por sí solo que exista un problema. Puede estar simplemente ilusionado.
La pregunta no es únicamente cuánto tiempo le dedica, sino qué lugar ocupa el proyecto dentro de su vida.
Podemos imaginar la afición como un nuevo compañero de piso. Puede ocupar bastante espacio y hacerse notar. El problema comienza cuando se queda con la mejor habitación y empieza a echar fuera al sueño, los estudios, las relaciones, las comidas y todo lo demás.
Conviene observar el conjunto. Nos preocuparía más que dejara de dormir de forma mantenida, abandonara sus responsabilidades, gastara dinero impulsivamente, mintiera para conseguirlo, asumiera riesgos importantes o reaccionara con una irritabilidad extrema ante cualquier límite.
También merece atención un cambio más amplio: una actividad desbordante, una necesidad de sueño llamativamente reducida, una sensación de capacidad ilimitada o decisiones claramente imprudentes.
No porque una de estas señales aisladas permita sacar conclusiones, sino porque varias apareciendo a la vez pueden indicar que no estamos solamente ante una nueva afición.
Una pregunta sencilla puede ayudar:
«¿Puede parar el proyecto o el proyecto ya no le permite parar a él?».
La pasión sana cabe dentro de la vida. La obsesiva intenta quedarse con toda la casa.
No todas las aficiones tienen que convertirse en profesiones
A veces los adultos nos acercamos a los intereses adolescentes con una mentalidad excesivamente productiva.
Si dibuja bien, pensamos si podría estudiar diseño. Si practica un deporte, imaginamos una competición. Si crea vídeos, preguntamos cuántos seguidores tiene. Si cocina, queremos saber si se plantea estudiar hostelería.
Pero una afición no tiene que convertirse en una profesión, una fuente de ingresos ni un mérito para el currículum para resultar valiosa.
Puede tocar la guitarra sin formar un grupo. Puede diseñar camisetas sin fundar una empresa. Puede aprender japonés sin viajar a Japón. Puede entrenar sin competir.
Los intereses también sirven para disfrutar, relacionarse, conocerse, descansar de otras obligaciones y descubrir capacidades que quizá aparecerán de otra forma en el futuro.
Cuando todo tiene que resultar útil, rentable o duradero, terminamos convirtiendo la curiosidad en otra obligación más.
Quizá la marca no llegue a existir, pero algo habrá ocurrido
Cuando un adolescente aparezca en casa anunciando que va a crear una marca de ropa, abrir un canal, aprender coreano o convertirse en fotógrafo, no necesitamos responder inmediatamente:
«Ya se te pasará».
Es posible que se le pase. De hecho, es bastante probable que muchos de esos proyectos no duren.
Pero podemos escuchar antes de juzgar. Podemos preguntarle qué le atrae, ayudarle a empezar de una manera pequeña y observar qué sucede cuando llega la parte menos emocionante.
No todos sus intereses van a convertirse en algo estable. Aun así, cada uno puede enseñarle a buscar información, organizarse, manejar dinero, pedir ayuda, probar, equivocarse, corregir y distinguir entre la imagen idealizada de un proyecto y el trabajo real que exige.
Puede descubrir que le encanta diseñar y detesta vender. Que disfruta creando, pero no quiere convertirlo en un negocio. Que necesita aprender más. Que no era lo que esperaba. O que, después de varias semanas, sigue interesado y está preparado para dar un paso más.
En la adolescencia, descubrir lo que uno no quiere también forma parte de descubrir quién es.
Por eso quizá no tengamos que medir todos sus intereses por cuánto duran, sino por lo que les permiten aprender mientras duran.
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