DEPORTE Y VIGOREXIA: CUANDO EL DEPORTE DEJA DE SER SALUD

vigorexia

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Hoy en Onda Cero hemos hablado de un tema que preocupa cada vez más a las familias: la relación entre el deporte, la adolescencia y la vigorexia. Lo hemos hecho junto al psicólogo Guillermo García, especialista en adolescencia y jóvenes adultos, en un bloque que merece la pena recoger aquí con calma.

Vaya por delante lo obvio: hacer deporte es bueno. Es salud, es ocio, es disfrute. El problema no aparece por entrenar, sino por el momento en que entrenar deja de ser una elección y se convierte en una obligación para sentirse válido, deseable o aceptado.

Un dato que hace pensar

Durante el programa comentamos un estudio reciente sobre vigorexia en adolescentes, publicado en ScientiAmericana, que analizó una muestra de 100 estudiantes. Los resultados: un 44% presentaba algún nivel del llamado Complejo de Adonis, esa preocupación excesiva por ganar masa muscular. De ese porcentaje, un 40% se situaba en un nivel moderado y un 4% en nivel grave.

No es un dato para alarmar sin más, pero sí una señal clara de que el fenómeno existe, está creciendo entre los más jóvenes y tiene mucho que ver con lo que consumen a diario en redes sociales, especialmente TikTok, Instagram y YouTube.

No es el “qué”, es el “para qué”

Uno de los puntos más interesantes de la conversación con Guillermo García fue este: el problema no es tanto lo que se hace, sino desde dónde se hace.

Desde pequeños aprendemos a relacionarnos con el mundo a través del lenguaje, y vamos desarrollando lo que en psicología contextual se llaman “reglas verbales”: estructuras del tipo “si A, entonces B”. Algunas son inofensivas, como “si llueve, cojo un paraguas”. Otras, en cambio, pueden convertirse en el origen de mucho sufrimiento: “si no estoy fuerte, no voy a gustar”, “si no entreno hoy, pierdo todo lo conseguido”, “si no tengo este físico, no me van a respetar”.

Cuando el deporte empieza a regirse por reglas como estas, deja de cumplir su función original —salud, diversión, tiempo con amigos— y se convierte en un parche para tapar una inseguridad. Ya no se entrena porque sienta bien, sino porque no se soporta verse de otra manera. Y ahí es donde puede empezar a organizarse toda una vida alrededor del cuerpo: entrenamiento, comida, espejo, comparación, redes.

Señales que pueden ayudar a una familia

¿Cómo distinguir a un adolescente motivado con el deporte de otro que está entrando en una relación poco sana con su cuerpo? Algunas señales de alerta:

  • El entrenamiento pasa por delante de todo: estudios, amigos, familia, descanso o planes que antes le gustaban.
  • Se angustia o se enfada mucho si no puede ir al gimnasio.
  • Entrena lesionado o no respeta los descansos.
  • Nunca se ve “suficiente”, aunque objetivamente esté fuerte.
  • Aparecen dietas muy rígidas, obsesión por la proteína, miedo a ciertos alimentos o suplementos sin supervisión.
  • Se mira constantemente al espejo, se compara o usa ropa para ocultar el cuerpo.

En los casos más extremos puede llegar el uso de esteroides o anabolizantes, con riesgos importantes a nivel hormonal, hepático y cardiovascular.

La recomendación para las familias no es prohibir el gimnasio de golpe, sino observar qué función está cumpliendo. Una cosa es entrenar; otra muy distinta es no poder vivir tranquilo si no se entrena.

El papel de las redes sociales

Gran parte de esta presión viene amplificada por las redes. La inseguridad se convierte en un negocio: proteínas, productos “milagro”, cosméticos, todo prometiendo resolver un complejo que, en realidad, termina reforzando. Aparece un producto que promete ser la solución… y el efecto real es justo el contrario.

Limitar el acceso desde casa es un paso necesario, pero no suficiente: la información va a llegar igualmente a través de amigos y compañeros. Lo importante es abrir otras vías, otras influencias, para que esa no sea la única voz que el adolescente escucha sobre su propio cuerpo.

La idea con la que nos quedamos

El deporte no es el enemigo. El problema aparece cuando el cuerpo se convierte en el centro de la vida y el entrenamiento en una obligación para sentirse válido.

No se trata de asustar ni de señalar a los adolescentes, sino de ayudarles a reconocer sus inseguridades sin quedar atrapados en ellas. Como decimos siempre en el programa: la información no es para asustar, es para actuar mejor.

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