ENTRE TATUAJES Y PIERCINGS, NUEVO POST EN ONDA CERO

Cuando tu hijo o tu hija adolescente llega un día y te dice: “quiero hacerme un tatuaje” o “me apetece un piercing”, lo más normal es que te quedes sin palabras. Puede que te dé un vuelco el corazón, que pienses en infecciones, en arrepentimientos futuros, en lo que dirán los demás… o que simplemente no sepas cómo responder en ese momento. Y eso está bien, porque es una reacción muy humana.

De ello hemos hablado en Onda Cero con Antonio David Jiménez.

Lo importante es que entiendas que esa petición no es un simple capricho. En la adolescencia, tus hijos están buscando quiénes son. Se miran al espejo, se comparan con sus amigos, prueban estilos distintos de ropa, de música, de forma de hablar. Los tatuajes y los piercings, más allá de ser una moda, se convierten en una manera de expresarse. No siempre es rebeldía contra ti ni contra las normas: muchas veces es solo un intento de construir su identidad.

Ahora bien, tu papel como madre o padre es fundamental. Antes de lanzarte a decir un “ni se te ocurra” o un “haz lo que quieras”, lo más sensato es parar y hablar. Porque sí, hay cosas que conviene tener muy claras. En España, la ley marca que los menores de 18 años necesitan autorización de sus padres o tutores para hacerse un tatuaje o un piercing. Y en muchos estudios profesionales no se realizan estos procedimientos sin un consentimiento por escrito. En la práctica, la edad mínima suele situarse en torno a los 16 años, siempre con permiso familiar. Este requisito legal no está puesto por casualidad: busca proteger tanto al menor como al profesional, y fomentar que la decisión se dialogue en casa.

Más allá de la normativa, hay otros factores a considerar. Pregúntate: ¿tu hijo quiere ese tatuaje porque realmente significa algo para él, o porque lo llevan sus amigos y no quiere quedarse fuera? ¿Es una decisión meditada o un impulso? ¿Ha investigado el diseño, la zona del cuerpo, los cuidados posteriores? Todas esas preguntas son importantes, porque en la adolescencia los gustos cambian rápido. Lo que hoy parece maravilloso, dentro de unos años puede no gustar nada. Y en el caso de los tatuajes, hablamos de algo permanente. Quitarlos con láser es posible, pero es un proceso largo, doloroso y caro. En los piercings, la cosa es algo más sencilla, porque se pueden retirar, pero a menudo dejan cicatriz.

Tampoco se pueden obviar los riesgos médicos. Incluso en un estudio profesional, hay posibilidad de infecciones si no se cuidan bien, reacciones alérgicas a pigmentos o metales, cicatrización irregular o formación de queloides. Por eso, si alguna vez se da el paso, asegúrate de que se hace en un entorno seguro, con materiales esterilizados, agujas desechables y un profesional cualificado. Y recuerda que la responsabilidad no termina el día del procedimiento: el cuidado posterior es clave. Hablamos de lavar la zona con suero fisiológico o jabón neutro, evitar piscinas, saunas o playa hasta que cicatrice, no tocar ni rascar y aplicar los productos recomendados por el estudio.

Aquí es donde tu papel se vuelve aún más importante. Lo que mejor funciona no es una prohibición tajante ni tampoco un permiso sin condiciones. Lo que mejor funciona es acompañar. Escuchar de verdad, entender las razones, informarse juntos, visitar un estudio profesional si es necesario y hablar de todo: de los riesgos, de lo que significa que un tatuaje sea para siempre, de los posibles prejuicios en algunos trabajos o entornos.

Y si tu hijo o hija aún no está seguro, existen alternativas temporales que pueden ayudar mucho. Un tatuaje de henna, una tinta semipermanente, un piercing magnético… todo eso permite probar, experimentar, sentirse diferente por un tiempo, pero sin comprometerse a algo irreversible. Muchas veces esas opciones sirven para calmar la curiosidad y dar tiempo a reflexionar.

También conviene que hables de algo que a veces se pasa por alto: aunque los tatuajes estén cada vez más normalizados, todavía hay contextos donde pueden generar prejuicios. No es lo mismo un tatuaje pequeño en una zona que se puede tapar, que uno muy visible en la cara o en las manos. Ayudar a tu hijo a entenderlo no es quitarle la ilusión, sino darle herramientas para decidir con más madurez.

En definitiva, cuando un adolescente te diga que quiere un tatuaje o un piercing, recuerda: no es un drama, pero tampoco es algo banal. Es una oportunidad para hablar, para escucharlo, para construir confianza. Es también una ocasión para enseñarle a tomar decisiones informadas y responsables. Al final, más allá de la tinta o de la joya, lo importante es que se sienta acompañado y que, si decide dar el paso, lo haga con seguridad, en el momento adecuado y de la mejor manera posible.

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