Hoy mi gorrión ha volado del nido. De manera decidida, pero con muchos nervios también, se va a un país desconocido a aprender otro idioma y ganarse unos ahorros. Pero sabe que lo más importante serán todas las experiencias que va a vivir, los desafíos que va a superar y que volverá diferente de como hoy se ha ido.
Atrás quedan risas, confidencias, la casa llena de amigos, esa alegría que iluminaba el hogar cada vez que entraba como un terremoto y sí, también algunas peleas y desencuentros del día a día. Asuntos que ahora parecen carecer de importancia, pero que todos sabemos cómo nos ponen de los nervios, por mucho “Adolescrecen” que haya de por medio.
Pero todo pasa y, aunque parezca que fue ayer cuando llegó como un gatito asustado a casa, el tiempo vuela… y muy rápido. Y aunque, evidentemente, tengo un pellizquito en el corazón, la sensación predominante es una gran alegría: sé que va a disfrutar muchísimo; y, por qué no, una pizquilla de envidia… ¡quién no pudiera vivir de nuevo esa experiencia de marcharse de casa a la aventura por primera vez!
Kahlil Gibran escribió en su poema “Sobre los hijos” que los padres somos los arcos desde los cuales nuestros hijos, como flechas vivientes, son lanzados. Ojalá haya sabido ser un arco firme: sin apretar de más, pero sin aflojar cuando tocaba. Ojalá haya sabido tensar con amor, no con miedo. Y ojalá recuerdes, cuando vengan días difíciles, que tú tienes dentro la capacidad de salir adelante.
Irlanda, allá va mi flecha.
¡Disfruta, disfrutón!
¡Te quiero!

